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Adolescentes: Un grupo poblacional del cual debemos aprender y al cual debemos proteger PDF Imprimir E-mail
Lunes, 02 de Noviembre de 2009 13:25

Encuentro-Conversatorio

Modificación del Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de los Niños, niñas y Adolescentes. Ley 136-03

¿Mito o causa de la  violencia social generada por adolescentes y jóvenes?

PONENCIA

Adolescentes: Un grupo poblacional del cual debemos aprender

y al cual debemos proteger.

Por Ernesto Díaz-Laguardia.

¿Quiénes son los/as adolescentes?

¿Población en riesgo, población de riesgo o población con un potencial ilimitado?

Normalmente hemos definido la adolescencia como una de las varias etapas de la vida evolutiva marcada por grandes cambios, tormentas y dificultades. Para muchos/as la adolescencia es considerada como un periodo transicional que conlleva rupturas y un enfrentarse continuamente a vacíos existenciales y a ausencias sufridas en la infancia. En esta etapa se deja atrás la primera infancia y la niñez por un lado, mientras que por otro lado hay un anhelo continuo de ser considerado como joven o adulto, alguien capaz de responsabilidades y compromisos que normalmente están conferidos a personas mayores de edad.

En términos de la psicología evolutiva y de los marcos legales, se ha venido definiendo la adolescencia como un periodo que se inicia a partir de los doce o trece años, finalizando la misma con la llamada “mayoría de edad” a partir de los dieciséis, llegando en algunos casos hasta los veintiún años. Dicho periodo implica múltiples cambios, como también varias búsquedas:

  • Independencia y mayor autonomía personal.
  • Identidad y orientación sexual.
  • Integración y pertenencia social.

Independencia y mayor autonomía personal: Genera grandes conflictos, existe la necesidad e impulso de diferenciarse de sus progenitores y otros miembros de la familia, adoptando una identidad propia, explorando su propio camino, madurando ideas y experiencias, acumulando las mismas. Se manifiesta en los cambios de hábitos y patrones de comportamiento, en el planteamiento de ideas con un toque propio, en la rebelión contra los patrones impuestos por los/as adultos y la adopción de responsabilidades cada vez mayores en distintos ámbitos.

Identidad y orientación sexual: Conlleva el poder experimentar con el propio cuerpo, entrar en contacto con sus pares, desarrollar una afectividad que va más allá del ámbito familiar, haciendo exploración de la misma y armando una comprensión propia de la sexualidad. Se manifiesta en los cambios a nivel fisiológico y emocional, en la forma de expresar el afecto y en la vivencia de los sentimientos (se amplía la gama y la intensidad de los mismos).

Integración y pertenencia social: Implica estar con otros/as pares, ser con ellos o ir en contra, el grupo ayuda a fortalecer –de forma negativa o positiva- la propia identidad social, el sentido de diferenciación. Se manifiesta en la adopción de nuevos códigos de comunicación, en los cambios en la forma de vestir y en la apariencia personal, en la realización de actos para asimilarse, diferenciarse y ser aceptados, aunque estos actos sean dañinos para la salud y el desarrollo o estén reñidos con la ley, la ética o las costumbres.

Así entonces tenemos, que todo este proceso de cambios se opera en contextos específicos que convergen y se comunican influyéndose entre sí: la familia, la escuela, la comunidad o el barrio, los lugares de trabajo y la sociedad en su sentido más amplio, en la cual se sitúa también la relación con el Estado y sus instituciones. Tomando prestado algunos elementos del modelo ecológico (de Urie Brofenhebrenner) para analizar  factores de riesgo, vemos entonces que por un lado está la persona o personas adolescentes tratando de completar el “triple círculo de las I” antes mencionado, y por otro lado, deben poder lograr esto en medio de un contexto complejo –en algunos casos complicado-, formado por la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones.

Contextos complejos cargados de riesgos que atentan de forma aislada o combinada contra el desarrollo biopsicosocial y espiritual de los/as adolescentes y van en detrimento del disfrute de sus derechos y libertades fundamentales. Factores de riesgo que ponen presión y agregan tensión a la que normalmente se tienen en esta etapa de la vida. Situaciones que se acumulan desde la niñez y para las cuales se hace difícil dar una explicación desde la experiencia como adolescentes. Como ejemplos de estos factores de riesgo tenemos:

En el contexto de la familia: la conformación o estructura familiar que ha ido variando considerablemente en los últimos cuarenta años, el tamaño de las familias, las condiciones de vida, los niveles socio-económicos y de educación, la exposición temprana a la violencia y la historia familiar sobre el maltrato, las posibilidades de consumir alcohol y drogas a temprana edad con el aval de los adultos, la cultura familiar patriarcal donde los varones dominan y controlan al resto de los miembros y donde se reprime la diversidad, no se habla de temas difíciles o tabúes (sexualidad, divorcio, embarazo) y no se estimula ni permite la participación de los adolescentes en la toma de decisiones.

En el contexto de la escuela (aplica tanto a la escuela pública como a la privada): la baja calidad educativa, el déficit de docentes y hacinamiento en aulas, la baja cobertura de los programas preescolares, el maltrato infantil sistemático por parte de profesores y otro personal en colegios y centros educativos, la ausencia de códigos de conducta y reglamentos disciplinarios establecidos con la participación de los/as estudiantes, el currículo rígido que no fomenta la educación basada en valores ni la educación en derechos humanos, la socialización en el aula basada en una identidad de género estereotipada, la poca participación de la comunidad en las cuestiones educativas y las reales posibilidades para los/as adolescentes de permanecer en el sistema escolar más allá de la educación primaria.

En el contexto de la comunidad o del barrio: la presencia de pandillas o de otras formas organizadas para la realización de actos delincuenciales y criminales, el fácil acceso a armas, drogas y alcohol, la promoción de modelos de conducta basados en antivalores, las debilitadas redes y relaciones de confianza entre las personas que viven en los barrios o comunidades, las escasas posibilidades de acceder a espacios abiertos de recreación, fomento de la cultura o la práctica deportiva sana, las relaciones de conflicto con el cuerpo policial o la escasa presencia de este en los barrios unido a una idea malvada y torcida de la seguridad ciudadana, la existencia de grupos cerrados (clubes, asociaciones, iglesias) a la participación de los/as adolescentes y jóvenes y a sus distintas expresiones propias de ser adolescentes y jóvenes (adolescentes que se inclinan por el hip hop, los emos, punk, góticos, grafiteros, entre otros).

En el contexto de la sociedad: la desigualdad socio-económica y la distribución inequitativa de los ingresos, la baja inversión en verdaderos programas de protección social, la débil institucionalidad marcada por un modelo de relaciones basado en el clientelismo, la corrupción, el favoritismo, la impunidad y el descontrol administrativo, la baja capacidad de respuesta a las demandas ciudadanas de parte de los funcionarios cuyo mandato de ley les obliga y hace responsables de la protección y el cumplimiento de los derechos humanos, la baja inversión para la generación y acceso a empleos dignos para las familias y de un primer empleo de calidad y seguro para los/as jóvenes, la transmisión de ideas estereotipadas y magnificadas, valores y normas, a través de los medios de comunicación, la ausencia de políticas, planes y programas de acción que promuevan el “desarrollo positivo adolescente” basado en los derechos humanos.

Si bien hemos de analizar y tomar en cuenta los factores de riesgo que les afecta como población e individuos para poder establecer una adecuada protección, debemos tomar en cuenta también una posición en contra de los/as adolescentes, que tiende a crecer en nuestra sociedad y que mantiene, al tiempo que refuerza, el conflicto social e intergeneracional. Una posición de muchas personas en nuestra sociedad y en otras, con una visión de los adolescentes como personas “problemáticas” o “peligrosas”, como población de riesgo. Los reportes de los medios de comunicación y de los estamentos de seguridad pública unidos a las experiencias de adultos que se han sentido amenazados (y en algunos casos agredidos) por el mundo y la fuerza joven refuerzan una y otra vez este sentido y sentimiento de miedo, de aislamiento y de control por la fuerza, en nombre del bienestar de la mayoría adulta y el orden social.

De esta forma se está haciendo más fácil buscar culpables y establecer un “enemigo público” que sea fácil de manejar sin importar su interés superior ni su condición de sujetos de derechos. A diferentes sectores les está pareciendo mejor y más rentable verlos como amenaza que como interlocutores, verlos como pantalla para ocultar dónde están los verdaderos problemas de nuestra sociedad. En fin, verlos como “enfermos que necesitan de una cura social” que como participantes activos de las demandas ciudadanas a todos los niveles y como esa conciencia crítica necesaria que buscando abrirse paso en la sociedad establece los puntos grises o la hipocresía del mundo adulto y de los sectores oficiales que no gustan de ser señalados y que prefieren el secretismo como forma de ser gobierno y de actuar.

Y esto se hace sin ver todo el potencial que como población joven tienen. Cuando miramos o llegamos a conocer las iniciativas generadas o en las que participan los/as adolescentes en los barrios y comunidades nos hacemos sorprendidos/as la pregunta: ¿Cómo es que esto no se conoce?

No se conoce y nos perdemos la oportunidad de aprender de ellos y ellas. Adolescentes que se movilizan a favor de sus comunidades, que se integran como voluntarios en distintas organizaciones, que son capaces de hacer propuestas y articularlas a la agenda social, que utilizan los medios de comunicación –tradicionales y alternativos-, así como las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, como herramientas para la interacción social, la sensibilización-movilización comunitaria y el diálogo político con las autoridades.

Experiencias notables que necesitan ser difundidas para establecer también un equilibrio en la opinión pública. Adolescentes que triunfan a nivel académico, que se sobreponen a múltiples adversidades y se las ingenian para desarrollar iniciativas a favor del desarrollo de sus comunidades. Cientos de adolescentes que dan ejemplo de respeto, tolerancia y relacionamiento basado en el buen trato y la aceptación de la diversidad. Que se involucran en prácticas deportivas sanas y son orgullo de sus familias y comunidades, que se entrenan como voluntarios de salud, como monitores de salas de tarea, como multiplicadores de conocimientos y alfabetizadores/as de adultos en sus comunidades y barrios. Personas como nosotros, con potencial ilimitado.

Con todo esto a manos, hemos de tratar de comprender mejor la situación de los cientos de miles de adolescentes dominicanos con los que convivimos, los cuales son parte fundamental de nuestra sociedad. Toca desaprender y mirar de nuevo, sin prejuicios ni estereotipos en mente, a este importantísimo grupo poblacional. Alejarnos de ciertos apasionamientos que hacen decir con facilidad, aunque sin datos concretos y comparativos en mano, que son muchos los/as adolescentes que cometen actos delincuenciales o están en centros de privación de libertad.

Nos toca cuestionarnos y cuestionar, establecer o reafirmar, como sociedad en general, un nuevo contrato social basado en los derechos humanos, la protección integral y la participación ciudadana, que abra puertas a las personas adolescentes y a los niños y las niñas y promueva su participación activa, libre y significativa. Ellos y ellas deben poder equivocarse como forma de aprender a vivir en sociedad, los adultos y las instituciones del Estado (formadas también por adultos) debemos escucharles y garantizar su protección, su aprendizaje y así como ha habido un interés mayor en fortalecer lo referido a la atención-sanción, debemos exigir y trabajar juntos/as para que se implementen plenamente los mecanismos de protección, las políticas públicas (principalmente la ley 136-03), y se diseñen planes concretos de promoción de la niñez, adolescencia y juventud en todo el país y que los mismos planes tengan un carácter de inclusión social.

¿Qué tenemos para ofrecerles y que le estamos ofreciendo además de condenarlos, además de la reclusión y el aumento de las penas para los que llegan a delinquir? ¿Qué les estamos proponiendo como posibilidad para desarrollar sus capacidades y disfrutar de sus derechos?

Son preguntas que sugiero nos llevemos hoy, las reflexionemos y compartamos con aquellos sectores que les han estado dando la espalda, criticando o movilizando en su contra. Necesitamos construir presente y futuro con los y las adolescentes como protagonistas. Tenemos esa gran oportunidad a pesar de los miedos que nos han estado provocando. Oportunidad de seguir siendo con ellos y ellas, de acompañarles en su proceso de vacíos y rupturas, pasando también por la ruptura de esquemas, viejos paradigmas y enfoques entre nosotros los/as adultos.

En esta tarea necesaria, todos/as somos responsables.

Muchas gracias.

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