Inicio Noticias Santo Domingo Acortando la distancia

Acortando la distancia PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 17 de Junio de 2009 21:07

Nicholas Kristof reconocido periodista del NEW YORK TIMES, ganador de varios premios por sus escritos; visitó República Dominicana para conocer a Yuneiris, a quien patrocina desde hace 5 años.

 (http://www.nytimes.com/ref/opinion/KRISTOF-BIO.html)

 Cambiando Vidas, Guante por Guante”,  es el título de la columna escrita por el Sr. Kristof, publicada en la página web de THE NEW YORK TIMES, en la cual resalta su experiencia como patrocinador a través de Plan, la labor que la institución realiza, y sobre todo, la alegría del niño, su familia y la de él al conocerse.

A continuación hemos traducido el contenido del artículo publicado en la página web de The New York Times.

Cambiando Vidas, Guante por Guante

Siempre que escribo acerca de la pobreza mundial, las y los lectores me inundan con las variantes de una sencilla  pregunta: ¿qué puedo hacer yo?

Es una consulta polémica, en parte por las miles de excelentes organizaciones de cooperación que compiten por tu chequera, y no me siento calificado para hacer acreditaciones - aunque yo fuera un consejero filantrópico, que definitivamente no soy.

Dicho esto, déjenme contarles acerca de mi reciente visita a Yuneiris, un niño en República Dominicana (quien cumple 6 años hoy -¡Feliz Cumpleaños, Yuneiris!). Yo lo he patrocinado desde 2004 a través de Plan Estados Unidos,  una importante Organización de Cooperación.

Dado que estuve en Haití por un reportaje, concerté una visita con Plan Republica Dominicana, ya que estaba cerca.

Miren, yo no sé si el patrocinio es la forma de ayuda más costo-eficiente. Algunas personas hacen préstamos a pequeños negocios en kiva.org, apoyan la educación de las niñas, compran mosquiteros anti-malaria, pagan por la desparasitación de niños y niñas, donan a organizaciones que luchan contra modernos traficantes de esclavos, financian ratas adiestradas que olfatean minas terrestres. Esta (patrocinio) es simplemente una de las tantas maneras por la que cualquier persona puede tender una mano- lo que realmente sé es que se siente maravilloso conocer a un pequeño niño al que he apoyado por cinco años. 

Me encontré con funcionarios de Plan en Azua, una zona particularmente pobre del suroeste dominicano, y de ahí nos condujeron a la aldea donde encontramos a Yuneiris y su familia. Él estaba sonriéndome tímidamente – pero especialmente a la pelota y guante de béisbol que le llevé como regalo.  

Además llevé una dotación de libros, plumas, crayones y una pelota de fútbol, pero era claro donde estaba fijada la atención de Yuneiris. Él me contestó cortésmente preguntas acerca de la escuela, mientras sus ojos estaban clavados en el guante de béisbol.

“No hay muchos muchachos en el área que tengan un guante”, me explicó su madre, Cecilia. Tan pronto como la conversación cambió, Yuneiris se escapó de su silla y desapareció con la pelota y el guante para practicar tiros con un amiguito.

Yo no elegí a Plan sobre otras organizaciones de patrocinio mediante ninguna compleja investigación. Siendo un estudiante “mochilero”, en 1984 visité a Aziza, una niña en sudán que mis padres patrocinaban en ese momento a través de Plan, la visita me dejó enormemente impresionado. Así que, ese mismo año, cuando empecé a trabajar para The Times y a recibir un cheque de pago, me inscribí y me convertí en uno más del millón de personas en todo el mundo que patrocinan a un niño o niña a través de Plan.

De tal manera que envío US$24 al mes, junto con cartas habituales, fotos y regalos de cumpleaños. De vez en cuando, llega una carta de la familia del niño, con un dibujo, una foto o una simple nota de un miembro de la familia, traducido al inglés.

A través de las cartas, aprendí que Yuneiris vive con Cecilia y otros miembros de la familia en una humilde casa de madera. Cecilia trabajó como empleada domestica en la capital, Santo Domingo, retornando a su comunidad cada fin de semana.

El patrocinio tiene una pizca de “mercadeo con trampa”, ya que el dinero del donante no va directamente a la familia del niño o niña (que puede gastarlo en cerveza!). Los fondos financian proyectos tales como un pozo, letrinas o clínicas. Las personas de la comunidad deben proveer de la mano de obra y algunos materiales voluntariamente, Plan provee el dinero y la experiencia profesional.

Cecilia ha recibido cursos, pagados por Plan, para aprender a utilizar una computadora y una caja registradora, así espera encontrar un trabajo mejor remunerado este año. Además Plan está iniciando un grupo de ahorros y créditos integrado por mujeres en el área, y a la familia le gustaría pedir prestado para iniciar un negocio de guardería y tutorías después de clases en su casa.

Mucha gente duda de la efectividad de la ayuda extranjera, y un nuevo éxito literario llamado “Dead Aid” (Ayuda Muerta) del africano experto en finanzas, Dambisa Moyo, incluso argumenta que la asistencia bilateral es a menudo dañina para los países receptores. Es cierto que la ayuda de todo tipo es más difícil de conseguir de lo que la gente asume, pero el tipo de ayuda que tiene los mejores resultados es la inversión a nivel local -con un fuerte compromiso local- en salud, educación, agricultura y microfinanzas. Yo he visto en repetidas ocasiones como este tipo de programas transforman familias y comunidades, desde África hasta Afganistán.

Sinceramente, este tipo de ayuda es también muy beneficiosa para el o la donante. Por mi parte, yo gano mucho más que US$24 mensuales en valor espiritual del patrocinio de Yuneiris, y mis pequeños proyectos familiares de cooperación externa también les recuerdan a mis hijos e hijas que existe un mundo donde los niños y niñas tienen necesidades más grandes que el último iPod.

¿Mis dólares transformarán completamente la vida de Yuneiris? Probablemente no. ¿Harán una diferencia significativa? Probablemente sí. ¿Vale la pena? Para mí, ¡absolutamente!

Y si Yuneiris termina lanzando para los Yankees, estoy muy seguro que él me conseguirá los boletos de la temporada.  

Acortando la distancia